Capítulo 5enero 24, 2026
Postproducción y Proyección

Faro:Sao Miguel - Azores
Teníamos dos días de postproducción en los que nos juntábamos todos los editores en la meeting room a terminar los cortos. Pasaban a supervisar Werner Herzog, Liliana y también el equipo de Extática Cine, acompañando el proceso y tratando de ayudarnos a llegar a tiempo con la entrega.
A Juan se le sumó un problema bien básico: se había traído desde San Juan la Mac Mini, o sea que no tenía monitor como para editar cómodo. En su habitación del hotel había armado una estación medio artesanal: sacó el televisor de la pared y lo apoyó sobre el escritorio para usarlo como pantalla y poder trabajar tranquilo. Cuando nos enteramos de que la edición era grupal y que había que estar sí o sí en la meeting room, fue un bajón, porque Juan se había preparado para otra dinámica, pero igual nos acomodamos como pudimos.
Con la presión que teníamos encima, tomamos una decisión: no mostrar el corte hasta el día de las proyecciones. No lo compartimos en ronda, salvo con un grupo muy chico de compañeros con los que nos hicimos muy amigos. Ahí sí lo mostramos, y fue clave, porque nos ayudaron a ver cosas del montaje que nosotros no estábamos viendo.
En ese punto nos ayudó muchísimo Lila Izquierdo. Cuando vio el corte nos dio un montón de consejos, y terminamos aplicando casi todos. Eso fue lo que le terminó de dar vida y calidad a la película, sobre todo en la manera de contarla. Porque por recursos, los teníamos: fotografía, actuación, escenas, locaciones. La historia estaba clara. Lo que nos trababa era el estilo narrativo, la forma exacta en la que íbamos a construir la experiencia en montaje. Y ahí sentimos una presión muy fuerte. Juan ese día estuvo al borde de un ataque de pánico; en un momento tuvo que bajar a la playa, quedarse con el mar y con las olas, respirar, y bajar un poco la energía para poder volver a sentarse a trabajar.
Para colmo, durante el workshop la habitación de Juan se había ido transformando en un lugar donde, cuando el bar cerraba a las 12, a veces terminábamos varios ahí compartiendo música, charla y algo de vino. La noche anterior al comienzo fuerte de la postproducción pasó eso: se armó una juntada muy linda y nos quedamos hasta tardísimo con gente del equipo y del taller, incluyendo a Mark, Yuca y Paulina. Fue hermoso, pero al día siguiente el cuerpo lo pagó carísimo.
Juan se despertó destruido. A él el alcohol le da mucha resaca y además le arruina el sueño, así que esa vez fue peor: durmió poquísimo y se levantó con una mezcla de cansancio extremo y nervios. Entonces reorganizamos el día como pudimos. Le pidió a Nicolás que avanzara con el montaje durante la mañana, hasta el mediodía, para que el proyecto no se frenara. La idea era que Juan recuperara un poco de energía y después se sumara con la cabeza más clara.
Cuando Juan se enchufó de nuevo, conectó la compu y los discos y empezó a trabajar sobre la base del estilo narrativo que Nicolás venía armando, pero había un problema: ese armado era corto, casi como un teaser de tres minutos. Con el material que teníamos, contar todo en tres minutos hacía que la historia quedara como tráiler, y Juan no quería eso. La intención era que la película respirara y que funcionara como película, no como promesa.
A las tres y media de la tarde, Juan lo llamó a Nicolás bastante desesperado, pero con una idea concreta: había encontrado la estructura. Le dijo, básicamente, que ya estaba puesto en el timeline todo lo que él pondría para poder montarlo rápido, y que a partir de ahí se podía ajustar fino. Desde ese momento nos pusimos a trabajar los dos a fondo: Nicolás operaba la computadora y Juan iba guiando decisiones, marcando cómo estirar el relato, dónde apretar, dónde dejar respirar, y cómo ordenar el golpe emocional sin que se sintiera subrayado.
Además, terminamos de resolver el montaje con las correcciones de Lila y con aportes muy buenos de Francisca, que nos dio un punto de vista que nos ordenó varias dudas y nos ayudó a destrabar decisiones de postproducción.
El deadline era a las 8 de la tarde, y la verdad es que a las 7:50 todavía estábamos corriendo atrás del corte. No era que estuviéramos empezando, pero faltaba demasiado como para estar tranquilos. Ahí se nos ocurrió una jugada medio suicida, pero necesaria: mandar un link de Google Drive como si el archivo ya se estuviera subiendo, para ganar tiempo sin frenar el proceso. Jugamos un poco con la suerte de que Yuca no abriera el link ni intentara descargarlo antes de que termináramos. Y, gracias a Dios, fue así.
Terminamos el corto alrededor de las cuatro de la mañana. Y encima, mientras seguíamos cerrando todo, algunos compañeros se quedaron hasta bastante tarde en la habitación para que los ayudáramos con subtítulos y detalles técnicos. Llegar a ese corte final fue un esfuerzo brutal, pero cuando por fin lo tuvimos y Juan lo revisó en su computadora, apareció otro susto tremendo: la capa de ajuste había quedado desfasada. Los primeros cuadros estaban sin color y recién a los cinco segundos entraba la corrección. Era inaceptable.
Juan despertó a Natal y le dijo que lo tenían que volver a renderizar. Acomodaron la capa de ajuste, reexportaron, y dejaron el archivo subiendo a Drive mientras ya no quedaba nada de energía, solo inercia. A las siete de la mañana, Juan se levantó, descargó el corto, lo pasó a un pendrive y se fue al comedor para desayunar.
Ahí se encontró con Yuca, que justo estaba descargando todos los cortos desde Drive. Juan cayó con el pendrive y le dijo que había hecho cambios de madrugada y que si podía entregarle una versión nueva. Yuca le dijo que sí, que no había problema. Entonces le pasamos el archivo nuevo y, por primera vez en horas, sentimos que el piso volvía a aparecer bajo los pies.
A las ocho en punto salió el bus desde el hotel hacia el centro de Ponta Delgada para el screening. Fuimos a un teatro en la zona de Ribeira Grande (no recordamos el nombre exacto del lugar), pero era hermoso: buena pantalla, proyector muy digno y un sistema de sonido que estaba realmente bien. Ahí se proyectaron alrededor de 25 películas, incluso algunas más porque algunas duplas se dividieron.
Nos había llegado por mail el orden de las proyecciones (a Bruno también le había llegado porque era voluntario del taller) y supimos que íbamos terceros. Eso, para nosotros, fue un alivio: no tener que esperar toda la tarde, no quedar con la sala cansada, y ver rápido cómo reaccionaba la gente.
Y pasó algo muy fuerte. Nuestro corto fue el tercero y aun así fue de los más aplaudidos y de los que más emocionó. La gente se identificó desde lo emotivo y desde lo real, más allá de que era una ficción inspirada en un caso real. Sentimos que habíamos logrado lo que, para nosotros, el cine tiene como objetivo: mover algo en el espectador, cambiarle aunque sea un milímetro la manera de mirar un tema, una vida, una verdad.
Por eso también habíamos elegido una forma de contar bastante clásica: una película “normal” por fuera —locaciones lindas, fotografía cuidada, puesta elegante— pero con una narrativa con suficiente peso como para que lo más potente no fuera lo bonito, sino lo que la historia estaba diciendo. Incluso el detalle del deporte del protagonista sumaba sin distraer: él practica pesca submarina con arpón (spearfishing), y eso aportaba textura, mundo, identidad.
Después de la proyección, Herzog se acercó a felicitarnos. Como hacía siempre, se paró a dar una devolución cuando terminaba cada corto, y lo que dijo del nuestro nos quedó grabado: que era un claro ejemplo de cómo una película, en un solo día, podía transformarse de un desastre en una verdadera buena película.
Después de ese día recién pudimos aflojar. Empezó el tramo de relajarnos, ordenar la vuelta y aterrizar todo lo vivido. Eso ya entra en el próximo capítulo.
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